El compromiso en la literatura hoy

Recientemente, el escritor Arturo Pérez-Reverte era entrevistado en un periódico digital. A los escritores se les pide opinión y posicionamiento en las cuestiones de actualidad, probablemente esa es la razón por la que que el periodista pregunta al autor sobre sus simpatías por los líderes políticos españoles, a lo que el autor del Capitán Alatriste responde: “¿Tú me lees a mí de vez en cuando? Ya sabrás entonces lo que pienso. Mis líderes están en mi biblioteca. Una vez me preguntaron cuál era mi ideología y respondí que no tengo ideología, tengo biblioteca”. El periodista insiste, pues le recuerda que “la elección de esos libros de alguna manera definirá la ideología, ¿no?” a lo que Pérez-Reverte responde tajante “son 30.000. Vete a mi biblioteca y busca ahí mi ideología”[1]. Esta declaración hace unos años ya fue repetida a distintos medios digitales que marcan en negrita y como titular “No tengo ideología, tengo biblioteca”[2]. ¿Realmente Arturo Pérez-Reverte, o cualquier otro escritor, no tienen ideología? Muchos lectores darán la razón a este comentario, averigüemos por qué.

Constantino Bértolo, crítico literario, reflexiona sobre la operación que supone leer, acción que dialoga con “nuestra narración autobiográfica, con nuestro bagaje literario y con nuestro entendimiento del mundo”[3] y cataloga los distintos tipos de lector y de lectura que existen, dividiéndolas en lectura adolescente, lectura inocente, lectura letraherida, lectura sectaria y lectura civil. Obviaremos aquí otros tipos de lectura a los que hace referencia, como la lectura del crítico.

La lectura adolescente es aquella en la que el lector proyecta sus propias experiencias y su biografía, –algo que en cierta medida hace todo lector, pues es natural y humano reflejarse en otra historia– pero obviando el resto de aspectos del propio texto.

La lectura inocente es la que se identifica con el lector «normal», optimista, que compra un libro para subir a un avión o llevárselo a la playa y la realizan aquellas personas que buscan entretenimiento, evasión y cuya historia les seduzca tanto como para no soltar el libro. Para este tipo de lectores no existen vasos comunicantes entre la ficción que se está leyendo y el exterior, el lenguaje es algo neutro que en la novela solo sirve para transmitir una historia y quieren diferenciarse del lector con prejuicios. Este lector con prejuicios es, para el lector inocente, aquel que enjuicia las ficciones desde un punto de vista más «profesional» –por ejemplo, aquel que tiene en cuenta los recursos técnicos utilizados, el punto de vista desde donde se está realizando la narración, etc.– o aquel que señala elementos sospechosos o negativos sobre una novela. Este tipo de lector se enmascara en su ideología y acepta “los prejuicios propios como «normalidad», normalidad que tiene su origen en la identificación de los «prejuicios hegemónicos», aceptados como lo natural”; es decir, el lector inocente no desea ser molestado con otro tipo de lecturas y piensa, radicalmente, que su lectura «no ideológica», no cuestionadora, es la corriente y usual, la forma en la que se debería leer un libro.

La lectura letraherida, en cambio, es aquella que hace sentir al lector como un ser privilegiado, pues cree que la literatura trata sobre la belleza del mundo y este, gracias a su sensibilidad, puede entenderla. Rechaza, de hecho, que la literatura pueda servir para algo más que para mostrar lo bello y como experiencia estética, la literatura es un jarrón chino y el escritor se encuentra en la torre de marfil.

Respecto a la lectura sectaria, esta se caracteriza en que lo ideológico nubla drásticamente la visión del resto de aspectos que conforman la operación que supone leer. Si la novela refuerza el pensar ideológico de aquel que lee, valora positivamente la novela, en cambio, la aprecia de forma negativa si esta no se adecúa a sus creencias. El problema en este tipo de lector, además, se agrava si tenemos en cuenta que “la ideología interviene a su vez tanto sobre lo que se considera ideológico o no […] actualmente, por ejemplo, lo ideológico está considerado en general como un factor contaminante”. Es decir: un lector sectario también es aquel que denuncia, valora negativamente o no lee ciertas novelas por calificarlas de ideológicas precisamente porque no comulgan con su ideología.

Por último, el lector civil es aquel que se encuentra “implicado activamente en su contexto social, cultural, político”. El lector, además de lector, es ciudadano, y la lectura que realiza dialoga tanto con su propia biografía –sin proyectarla excesivamente, como el lector adolescente– con sus conocimientos, su bagaje cultural y también con la visión de mundo y comprensión de la realidad, del entorno, que posee.

Teniendo esto en cuenta, los lectores que dan la razón a Pérez-Reverte son, probablemente, lectores inocentes que acusan al lector prejuicioso de buscar tres pies al gato y de observar intenciones no existentes en las novelas. Todo ello se realiza desde una postura: la de la ideología dominante. El escritor también alude a que muchos de sus personajes, como sus novelas, están desideologizados. ¿Puede una novela estar desideologizada? Tal como explica Paula Velasco en su artículo Neruda a pesar de Neruda[4], “la pretensión de «no politizar el arte» viene, precisamente, de la normalización e invisibilización de la ideología presente en la cultura”.

La ideología siempre ha estado presente en el arte. En el caso de la literatura, si tenemos en cuenta que una novela nace de un escritor y, por tanto, de su subjetividad y de su visión de mundo, no solo de las musas y de la imaginación, la elección que un escritor haga del tema de la novela –y lo que puede abarcar esa elección–, el enfoque utilizado y la forma en la que narra las experiencias que le ocurren al personaje denotan una posición ideológica, subjetiva. Lo que al personaje le sucede son al fin y al cabo circunstancias de la vida que podemos contraponer con nuestra propia realidad.

Todos y cada uno de nosotros utilizamos narraciones para explicar el mundo, en su presente y en su pasado. Desde explicar quiénes somos nosotros, dónde nacimos, cómo somos o explicar sucesos que ni siquiera hemos vivido pero nos han llegado a través de otras narraciones. Aun sin haber vivido la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil española a todos nos ha llegado una narración determinada de qué ocurrió. Todo ello está influido por el imaginario colectivo, un conjunto de narraciones que se construye a través de nosotros, como individuos, pero también a través de los medios de comunicación, el discurso político y el arte, campo donde se encuentra la literatura. Todos podemos explicar qué es el amor o qué idea tenemos de amor, por ejemplo, gracias a las letras de canciones que hemos escuchado, los libros que hemos leído, las películas que hemos visto y las narraciones que la sociedad realiza sobre ello. El relato que tenemos por tanto de cualquier concepto está influenciado, mediatizado, por todos estos elementos. Existe una serie de narraciones dominantes o hegemónicas –por ejemplo, la narración del amor romántico– y otras que batallan dentro de este imaginario colectivo por agregar otro relato. Ocurre, por ejemplo, con la Transición, donde dos narraciones –la hegemónica, que describe a políticos con mayúsculas y el buen hacer del paso de una dictadura a una democracia– y la que se encuentra en resistencia a la hegemónica –que denuncia, por ejemplo, el hecho de no haber eliminado de las instituciones los residuos del franquismo, la amnistía de la que se beneficiaron los torturadores, que se indicara lo que es culturalmente correcto[5], o que señalan la cantidad de intereses que obraban en el camino a la democracia.

Todas las narraciones nacen de este imaginario colectivo y allí van a parar. Pueden amoldarse al discurso hegemónico o bien pueden lidiar con él. Ayudar a transformar este imaginario colectivo, que determina nuestra relación con el mundo, nuestras formas de conciencia social y, por tanto, nuestra realidad, o ayudar a naturalizar el discurso hegemónico, aquel que promueve la inacción que se profiere siempre desde los núcleos de poder. El escritor Rafael Chirbes advertía que la escritura es un sistema de elecciones[6], una elección de forma, lingüística, y de contenido que nace y dialoga con nosotros en un contexto histórico determinado y responde a las cuestiones que plantea este contexto concreto. Cuando un escritor realiza sus elecciones, por omisión o por alusión se está comprometiendo con los discursos que habitan en el imaginario colectivo.

Desde otro punto de vista, el materialista, si tenemos en cuenta la teoría marxista de la literatura, la base o estructura, es decir, “el conjunto de relaciones de producción que constituye la organización económica de la sociedad en un momento histórico dado”[7], configura la superestructura. Esta superestructura, la vida y formas de conciencia social, se ve afectada de forma inmediata por las leyes, la política, etc. y de forma mediata a través de la estética, la filosofía y el arte. Entre base y superestructura existe una relación dialéctica y se afectan mutuamente, pese a que el factor económico sea determinante, no es el único determinante, en palabras de Engels[8]: “las diversas partes de la superestructura (…) ejercen igualmente su acción sobre el curso de las luchas históricas y determinan de manera preponderante la forma en muchos casos”. El arte, la estética, la filosofía, que, aunque dependen de la base tienen cierta independencia, quizá no puedan por sí mismas cambiar el rumbo de la historia[9], pero sí son un elemento activo dentro de las luchas que se dan en ella. El compromiso del escritor, la responsabilidad, se encuentran, por tanto, en si se quiere o no participar activamente a través de la literatura en la transformación de la base, en la organización de la sociedad, en aquel discurso hegemónico que hemos naturalizado como sentido común pero que es completamente ideológico y, en definitiva, en si se quiere participar en la transformación de la realidad.

Todo esto para explicar, según lo que manifestaba Pérez-Reverte, que es posible que no tenga preferencias por un líder político u otro, pero él mismo, su biblioteca y las novelas que él escribe sí tienen ideología. Él mismo, como todos los escritores, tiene su propio sistema de elecciones en cuanto a su literatura y se posiciona dentro de este imaginario colectivo. Anima, de alguna forma, a aquellos que lo leen a que sean lectores inocentes según la clasificación que se ha mencionado antes. Quizá es positivo tener en cuenta qué elementos hay en el tablero del imaginario colectivo y ser conscientes de qué quieren trasmitirnos aquellos libros que leemos, ser lectores civiles, ciudadanos, y que nuestra visión de mundo dialogue con las narraciones que absorbemos. Manuel Vázquez Montalbán en El escriba sentado (1997) reflexiona sobre sus lecturas y alude a que “el hombre es lo que come, creía Aristóteles, y los intelectuales lo que leen”. No solo Pérez-Reverte es lo que lee, también nosotros configuramos nuestra realidad y lo que somos por lo que leemos. Por más que queramos no podemos eliminar la ideología de la realidad, de lo que leemos y de nosotros mismos, pues se encuentra en nuestra visión de mundo.

Raquel Reyes Martín (@Racola_R) es Investigadora en la Universidad de Salamanca en Teoría de la literatura y Literatura Comparada.

Notas

[1] Entrevista realizada a razón de su nuevo libro Sidi. Atitar, Moeh. Pérez-Reverte: «La izquierda tiene complejo con los símbolos; suele ser ignorante por voluntad». El País. 19. Sept. 2019. [Fecha de consulta: 1 de octubre de 2019]. Disponible en:  https://www.elespanol.com/cultura/20190919/perez-reverte-izquierda-complejo-simbolos-suele-ignorante-voluntad/430207624_0.html

[2] Lorenci, Miguel. “No tengo ideología, tengo biblioteca”. La verdad. 15. Abr. 2016. [Fecha de consulta: 1 de octubre de 2019]. Disponible en: https://www.laverdad.es/murcia/culturas/libros/201604/15/tengo-ideologia-tengo-biblioteca-20160415004557-v.html

[3] Esta catalogación realizada por el crítico y exdirector del sello editorial Caballo de Troya está extraída de La cena de los notables. Bértolo, Constantino. La cena de los notables. Cáceres: Periférica, 2008. Y también se puede encontrar en Becerra Mayor, David et al. Qué hacemos con la literatura. Madrid: Akal, 2013

[4] Velasco, Paula. “Neruda a pesar de Neruda”. LaU. 05.Sept.2019. [Fecha de consulta 1 de octubre de 2019] Disponible en: https://la-u.org/neruda-a-pesar-de-neruda-sobre-cultura-y-patriarcado/

[5] A este respecto, y sobre el fracaso que supuso realizar un país realmente democrático, se puede profundizar en el ensayo La literatura en la construcción de la ciudad democrática de Manuel Vázquez Montalbán y en CT o la Cultura de la Transición (2012) de VV.AA.

[6] El autor, en su poética El novelista perplejo (2015) explica sus propuestas, entre ellas su postura sobre que la experiencia estética que nos transmite lo literario debe operar como herramienta que interviene en su tiempo.

[7] Tal como describe Julio Rodríguez Puértolas en su artículo “La crítica literaria marxista”, ideal para adentrarse en la teoría marxista de la literatura y en sus debates, accesible a través de la página de la FIM. Puértolas Rodríguez, Julio. “La crítica literaria marxista”. Revista de crítica literaria marxista, 1, pp. 26-63, 2008. [Fecha de consulta 1 de octubre de 2019] Disponible en: http://www.fim.org.es/02_02.php?id_publicacion=233

[8] Extraído de Eagleton, Terry. Literatura y crítica marxista. Madrid: Zero, 1978. Donde profundiza sobre la relación entre estructura y superestructura, aludiendo a que Engels niega que exista una relación igualmente proporcional entre estos dos elementos, es decir, que la superestructura tiene cierta independencia y que esta también puede influir en la base.

[9] Ibid.

Fotografía de Álvaro Minguito.